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Largas colas de miles de personas se estiraban por las calles de la ciudad sudafricana de Pretoria para rendir su último homenaje a Nelson Mandela, a quien todos consideran el padre de la Nación, en el Union Buildings, sede del Gobierno de Sudáfrica, donde reposan sus restos.

En el segundo y penúltimo día de visitas a la capilla ardiente, los restos de Mandela reposaban en la sede del gobierno nacional, un edificio austero de paredes ocre y tejados rojos, conocido como Union Buildings y rodeado por calles, avenidas y jardines que llevaban inicialmente los nombres de próceres de la minoría blanca y que ahora comparten con próceres negros.

Con un tráfico endemoniado, la ciudad situada en la parte norte de la provincia de Gauteng siguió recibiendo hoy a ciudadanos sudafricanos que llegaban por todos los medios de transporte y desde los más diversos puntos del país.

Cualquier sacrificio es válido con tal de llegar hasta Mandela, cuyo cuerpo fue embalsamado y reposa en un féretro vestido con una de sus emblemáticas camisas batik marrón y amarilla de Indonesia.

Toda la zona fue cerrada al tráfico por el ejército para que la gente se acerque al féretro, cubierto con la bandera sudafricana, y vea por última vez el rostro del dirigente a través de una cubierta de vidrio y rodeado por cuatro guardias que rinden honores con las cabezas inclinadas.

Para un observador argentino, la imagen no puede ser más sorprendente: Pretoria está ocupada por una multitud ordenada y silente, triste pero no llorosa, imbuida en un homenaje tan profundo como silencioso.

No se ven grandes expresiones musicales de percusión, en las que son expertos los africanos, ni kioscos de comida al paso, ni grupos tratando de poner grandes pancartas en la línea de mira de los grandes medios.

Sólo hay ciudadanos y grupos multicolores que quieren rendir homenaje a Mandela, fallecido hace una semana a la edad de 95 años.

Es una multitud que se identifica política o religiosamente, pero en forma individual, con pines y ropas de colores representativos de su orientación y que se mueve rápidamente cuando la cola avanza o espera paciente protegiéndose del calor con parasoles.

Mientras siguen llegando micros llenos de manifestantes, a veces compartiendo una remera del mismo color, a veces no, pero siempre entonando suaves canciones en lengua vernácula -además del inglés y del afrikaans, hay nueve lenguas nativas- como último adiós a su querido líder.

Es una suerte de Babel sin caos, en la que se hablan diversos idiomas, con el inglés como lengua franca, que entienden todos, y un afrikaans -herencia de los colonos holandeses con mezcla de inglés, malayo, portugués y lenguas zulúes- que apenas se oye.

Mujeres ataviadas con vestidos tradicionales junto a jóvenes vestidas a la última moda y hombres de rostro serio formaban una masa de sudafricanos negros que copó las calles de una ciudad que antes estaba cerrada a la mayoría de color.

Entre la multitud, niños de escuelas primarias y jardines de infantes entonaban canciones de lucha de los tiempos de combate contra un régimen de apartheid, cuyas consecuencias todavía se dejan sentir en cada rincón.

También hay blancos que se muestran orgullosos de pertenecer a esta nación que dio a luz a Madiba, como se conoce al extinto líder.

El clima general, sin embargo, en medio del pesar, era de alivio por el fin del dolor del amado Mandela, así como de dudas sobre cómo se va a desarrollar la vida de este país plagado de tensiones en ausencia del gran unificador que supo perdonar y empezar de nuevo.

Los abucheos que recibió el presidente, Jacob Zuma, y el escándalo de un “traductor” a lenguaje de señas, quien fue acusado de hacer gestos ilegibles por la asociación local de sordos, son tomados por muchos como presagios de un futuro complicado.

Las colas seguirán hasta mañana, cuando se cerrará la capilla ardiente, para que el domingo se celebren las exequias en la casa de Mandela de Qunu, la pequeña aldea de la región más pobre de Sudáfrica donde creció el líder y se convirtió en emblema de la lucha contra el apartheid.

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