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En una interesante fusión entre ficción y documental, el escritor y cineasta Felipe Chorén aborda la pueblada que el 19 de noviembre de 1985 evitó que la ciudad bonaerense de San Carlos de Bolívar desapareciera del mapa. Estrena mañana.

La suerte de Bolívar parecía entonces atada a la de Epecuén, que nueve días antes había quedado totalmente destruida y abandonada a causa de las inundaciones más graves que haya sufrido la provincia de Buenos Aires.

A causa de esas inundaciones sin precedentes, los campos adyacentes a Bolívar quedaron inutilizables e infértiles durante más de 20 años, provocando grandes pérdidas materiales entre los pobladores, muchos de los cuales quedaron arruinados económicamente, sufrieron enfermedades debido a la angustia y a la depresión e, incluso, llegaron a quitarse la vida por la desgracia.

Las consecuencias podrían haber sido aún peores, ya que las aguas hubieran arrasado Bolívar si no fuera por la decisión de los pobladores y las autoridades locales de alzarse en contra del gobierno bonaerense y destruir con dinamita dos tramos de la ruta 226, que se había convertido en un dique y desplazaba la inundación peligrosamente hacia la ciudad.

“El gobierno de Alejandro Armendariz sólo quería proteger una ruta, e incluso mandó a la policía y al Ejército para detener a la gente. Esa decisión fue absolutamente irresponsable y una ignorancia absoluta porque así se ponía en riesgo a una población entera. Y además, nueve días antes Epecuén había desaparecido a causa del agua”, recordó Chorén en diálogo con Télam.

El realizador evocó que “lo asombroso fue que Armendariz mandó al Ejército a poner las cosas en orden en contra de un intendente de su mismo partido, el radical Alfredo Carretero, que echó a los representantes del gobierno central porque lo querían convencer de que no había solución para la ciudad, que Bolívar se iba a inundar y que lo único que se podía hacer era esperar la llegada del agua”.

De hecho, a Carretero se le atribuye la frase: “Un pueblo defendiendo a un pueblo es algo que no sabes cómo empieza, no sabés cómo se desarrolla y no sabés como termina”, que aludía a la furia que empujaba a los 10.000 habitantes de Bolívar a defender sus casas y su historia cuando los uniformados llegaron para intentar tapar los huecos -de unos 30 metros de ancho cada uno- que ellos habían abierto en la ruta para que el agua siguiera otro curso.

El filme, que posee testimonios de los protagonistas y grabaciones televisivas de la época, pero además recrea como ficciones algunos hechos, visita las trágicas inundaciones donde más de 4.500 millones de hectáreas fueron anegadas.

Chorén señaló que la película nació como una ficción en base a su novela “Agua viva”, que comenzó a escribir en 1997 y que todavía permanece inconclusa, y “tiene que ver con la catástrofe, con narraciones de amigos y gente allegada a mi familia que me permitieron ir graficando el estado de desesperación en que se encontraba la gente entonces”.

“Son todas ficciones basadas en sumas de historias que le fueron ocurriendo a algunos vecinos de Bolívar, gente que vivía del campo y tuvo su fuente de trabajo negada por 15 años. También describen muchas consecuencias anímicas, enfermedades, suicidios y muertes relacionadas con esa situación, como la de Juan Carlos Bellomo, quien se ahogó cuando fue en lancha con otros vecinos a tratar de evitar el avance de la policía”, explicó el cineasta.

El realizador añadió que “si bien toda la información objetiva y dura está en la película, el costado humano de las consecuencias íntimas del desastre quería mostrarlo de esta otra manera, con actores interpretando los hechos, porque creo que de esa manera llega mejor la información a la gente, debido a que se produce una mayor identificación con el sufrimiento de los pobladores”.

Chorén complementó los tramos de su novela con entrevistas y archivo documental de algunos canales de televisión de la zona, pero se lamentó porque “fue muy poco lo que pudimos encontrar debido a que cuando Cablevisión compró los canales del interior usó todos los tapes para grabar otras cosas encima. Creo que eso generó una pérdida muy importante de la memoria audiovisual de la ciudad”.

En relación a las causas de las inundaciones, el cineasta sostuvo que “en 1970 se hizo la ruta 226 con un terraplén alto que debería tener entre cuatro o seis pases de agua por kilómetro, pero sólo se construyeron uno por kilómetro, por lo cual la ruta hizo de dique frente a las inundaciones y por eso el agua se volcó hacia la ciudad”.

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